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La NASA y el polémico viaje a la Luna: ¿Es segura la nave espacial?

El inminente vuelo tripulado que rodeará la Luna apunta a convertirse en un nuevo hito para la exploración espacial, aunque también reactiva un profundo debate técnico sobre riesgos, decisiones de ingeniería y la manera en que la NASA enfrenta la incertidumbre. A pesar del entusiasmo que despierta Artemis II, permanece una interrogante central: ¿basta el conocimiento disponible para asegurar un retorno sin contratiempos?

El 6 de febrero, si no hay nuevos retrasos, cuatro astronautas despegarán rumbo a una misión histórica que los llevará a orbitar la Luna por primera vez en más de medio siglo. Lo harán a bordo de Orión, la cápsula desarrollada por la NASA durante dos décadas y concebida como el pilar del programa Artemis. Sin embargo, este viaje no parte de un consenso absoluto. La nave despegará con un componente crítico —su escudo térmico— que ya mostró un comportamiento inesperado en un vuelo previo y que sigue generando dudas entre expertos, incluso después de años de análisis.

La NASA sostiene que el riesgo está identificado, estudiado y mitigado. Algunos ingenieros y exastronautas, en cambio, consideran que aún existen incógnitas relevantes. El debate no gira en torno a si la misión fallará, sino a cómo se interpreta el riesgo aceptable cuando hay vidas humanas en juego y datos limitados sobre el comportamiento real de un sistema en condiciones extremas.

La función esencial que desempeña el escudo térmico durante una misión lunar

El escudo térmico de Orión constituye uno de los elementos clave de la nave, ya que se encarga de salvaguardar la cápsula y a quienes viajan en ella durante la etapa más crítica del trayecto: la reentrada en la atmósfera terrestre. Al emprender el retorno desde la Luna, Orión puede desplazarse a más de 30 veces la velocidad del sonido, provocando temperaturas externas capaces de superar los 2.700 grados Celsius.

Para soportar ese entorno, el escudo está recubierto con Avcoat, un material ablativo diseñado para carbonizarse y erosionarse de manera controlada. En teoría, este proceso disipa el calor de forma gradual, evitando que llegue al interior de la cápsula. El concepto no es nuevo: versiones de Avcoat ya se utilizaron con éxito en las misiones Apolo.

El problema surgió tras el vuelo de prueba Artemis I, realizado en 2022 sin tripulación. Al inspeccionar la cápsula tras su regreso, los ingenieros detectaron que grandes fragmentos del escudo térmico se habían desprendido, dejando cavidades profundas en la superficie. Aunque la nave regresó intacta y los análisis indicaron que, de haber habido astronautas a bordo, habrían sobrevivido, el comportamiento del material no coincidía con lo esperado.

Este descubrimiento llevó a la NASA a iniciar una investigación exhaustiva con el fin de entender con precisión qué sucedió durante la reentrada y determinar si ese fenómeno podría reproducirse o incluso intensificarse en una misión tripulada.

Decisiones de diseño que se gestan desde la concepción del programa

Para comprender el debate actual resulta imprescindible remontarse varios años en la historia de Orión. En 2009, cuando la NASA optó por emplear Avcoat como material para el escudo térmico, tomó esa decisión apoyándose en décadas de conocimiento acumulado. No obstante, el modo de aplicar dicho material sí se modificó en comparación con la época de Apolo.

En los diseños iniciales, el escudo térmico se elaboraba mediante una intrincada estructura en forma de panal rellena de Avcoat, un enfoque que garantizaba un rendimiento muy estable, aunque implicaba procesos lentos, costosos y poco viables para una producción masiva. Para agilizar la fabricación, los responsables del programa decidieron adoptar una alternativa que empleaba grandes bloques del mismo material.

Desde el punto de vista industrial, la decisión tenía sentido: los bloques eran más fáciles de fabricar, probar e instalar. Sin embargo, Artemis I fue la primera ocasión en que este nuevo enfoque se probó en condiciones reales de reentrada lunar. Y fue precisamente ahí donde aparecieron las anomalías.

Los análisis posteriores determinaron que el Avcoat empleado carecía de la permeabilidad necesaria, y durante la reentrada los gases generados por el calentamiento quedaron retenidos dentro del material, lo que generó presión interna y terminó ocasionando el desprendimiento de partes del revestimiento; como consecuencia, el escudo térmico cumplió su función esencial, aunque lo hizo de una forma no prevista en los modelos originales.

Para ese momento, el escudo térmico de Artemis II ya había sido fabricado e instalado en la cápsula, y sustituirlo no era factible ni desde el punto de vista técnico ni del calendario.

Una estrategia basada en modificar la reentrada

Ante la imposibilidad de sustituir el escudo térmico, la NASA decidió adoptar otra estrategia: modificar el perfil de reentrada de la nave. Orión fue concebida para ejecutar una “reentrada con salto”, una maniobra en la que la cápsula penetra por un instante en la atmósfera, asciende nuevamente y después desciende de manera definitiva. Este enfoque permite afinar con exactitud el lugar de amerizaje, aunque también expone al escudo térmico a complejos ciclos de calentamiento.

Para Artemis II, los ingenieros han replanteado esta ruta, disminuyendo tanto la altitud como la fuerza del rebote inicial para evitar las condiciones que originaron el agrietamiento del escudo térmico en Artemis I. De acuerdo con la NASA, este cambio hará que el Avcoat se desgaste de forma más uniforme y con un comportamiento mucho más anticipable.

Los encargados del programa afirman que la determinación se sustenta en un examen minucioso de datos, simulaciones por computadora y ensayos efectuados en laboratorio, y desde su óptica el riesgo residual se clasifica como moderado y aceptable dentro de los estándares establecidos por la agencia.

No todos comparten esa confianza.

Críticas diversas y un diálogo que trasciende esta misión

Algunos exastronautas y expertos en protección térmica consideran que cambiar la trayectoria de reentrada no elimina el problema de fondo. Para ellos, el comportamiento del Avcoat sigue siendo difícil de predecir con precisión, especialmente cuando se trata de cómo se forman y crecen las grietas una vez que el material empieza a fallar.

Uno de los puntos más debatidos es el uso de modelos computacionales para estimar el riesgo. Estas herramientas permiten simular la generación de gases, la carbonización del material y el inicio de grietas, pero no siempre pueden anticipar cómo evolucionarán esas grietas en condiciones reales. Según los críticos, esta limitación introduce un nivel de incertidumbre que no debería ignorarse en una misión tripulada.

Incluso entre los especialistas que respaldan el lanzamiento hay un acuerdo común: el escudo térmico de Artemis II probablemente exhibirá daños perceptibles al volver a la Tierra. La diferencia surge al interpretar ese resultado. Para la NASA y ciertos asesores, la estructura de Orión cuenta con márgenes amplios que permiten asumir ese desgaste sin poner en riesgo a la tripulación. Para otros, aceptar tal escenario significa operar demasiado cerca de un punto límite crítico.

Debajo del Avcoat, Orión cuenta con una estructura compuesta que ha demostrado resistir brevemente temperaturas extremas en pruebas controladas. Esta capa no fue diseñada como un respaldo formal, pero representa una línea adicional de protección. La NASA insiste en que no espera depender de ella, aunque reconoce que añade robustez al sistema.

Lecciones históricas y la cultura del riesgo en la NASA

El debate sobre Artemis II no ocurre en el vacío. Para muchos veteranos de la agencia, está inevitablemente ligado a la historia del programa del transbordador espacial y a las tragedias del Challenger y el Columbia. En ambos casos, investigaciones posteriores señalaron fallas técnicas, pero también problemas culturales relacionados con la evaluación del riesgo y la presión por cumplir objetivos.

Algunos críticos ven paralelismos preocupantes: una confianza excesiva en modelos teóricos, la normalización de anomalías y una tendencia a interpretar resultados favorables como validaciones completas de procesos que aún tienen debilidades. Desde esta óptica, incluso un Artemis II exitoso podría reforzar una falsa sensación de seguridad.

Otros dentro y fuera de la NASA rechazan esa comparación. Argumentan que la agencia ha aprendido de sus errores, que hoy existen múltiples capas de revisión independiente y que el debate actual es, en sí mismo, una señal de una cultura más abierta al cuestionamiento técnico.

La realidad suele ubicarse en un punto medio. La NASA admite que su trayectoria no ha sido impecable, aunque sostiene que todo avance relevante en la exploración espacial implica ciertos riesgos.

En el punto medio entre la seguridad técnica y la inevitable incertidumbre

A pocas semanas de su lanzamiento, todo indica que la decisión está tomada: Artemis II despegará con tripulación a bordo. Los responsables del programa han insistido en que la seguridad sigue siendo la prioridad absoluta y que, con los datos actuales, el nivel de riesgo se mantiene dentro de parámetros aceptables. Los astronautas designados para esta misión también han manifestado públicamente su confianza tanto en el vehículo como en el trabajo realizado por los ingenieros.

Sin embargo, incluso quienes apoyan la misión admiten que existen aspectos del comportamiento del escudo térmico que solo podrán confirmarse cuando la cápsula atraviese nuevamente la atmósfera terrestre. Hay variables que no pueden reproducirse por completo en tierra ni modelarse con exactitud absoluta.

Ese es, en esencia, el centro de la discusión: hasta qué punto resulta sensato admitir aquello que no puede conocerse con total certeza. Para algunos, explorar siempre exigirá avanzar aun con datos incompletos. Para otros, el nivel de incertidumbre actual sigue dejando demasiados interrogantes pendientes.

Lo que resulta evidente es que Artemis II no solo representará una operación técnica, sino que también funcionará como un examen de cómo la NASA combina innovación, cautela y presiones institucionales. El desenlace, sea cual sea, repercutirá en la percepción pública, en las decisiones venideras del programa Artemis y en la manera en que la agencia gestiona los riesgos propios de volver a enviar seres humanos más allá de la órbita terrestre baja.

Como han señalado incluso algunos de sus defensores, cuestionar estas decisiones no es un acto de oposición, sino parte esencial del proceso. La historia de la exploración espacial demuestra que el progreso no surge de la certeza absoluta, sino de la capacidad de aprender, corregir y avanzar sin olvidar que, en el espacio, la física no negocia y la suerte no siempre acompaña.

Por Angela Carrasco

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